
Quizás deberían prohibir las venidas de escritores consagrados. La escena literaria nacional es tan pequeña y provinciana que se pone nerviosa, no sabe cómo reaccionar ante la llegada de Rodolfo Fogwill (68) el escritor argentino vivo más leído después de Piglia y una de las figuras centrales de la 29 versión de la Feria de Libro.
La puesta en escena era prometedora. Las presentaciones de libros son siempre tediosas y una de las maneras de evitarlo es cuando se integra un panel de, en teoría, pares del autor quienes discuten y conversan. Sin embargo los cinco presentadores –Álvaro Matus y Pedro Pablo Guerrero de El Mercurio, Sergio Parra de Metales Pesados, el crítico de La Tercera Matías Rivas, además de Rafael Gumucio- se lo farrearon con preguntas nerviosas, tontas, fomes. Imperdonable es, también, que no se incluyera una mujer en la discusión, conociendo el carácter misógino-calentón de Fogwill.
Las ferias suelen ser como un collage de recortes sobre un tema específico. Están los que ocupan harto espacio (no necesariamente justificable), los pequeños-pero-llamativos, los inexplicables, los originales y los que simplemente están para rellenar los espacios en blanco.


